Ayer a última hora de la tarde, Don, mi cocker spaniel bastardo, cerró los ojos para no volver a abrirlos más. Nadie que no haya convivido nunca con un perro, podrá entender que cuando eso sucede, una parte de tí mismo muere con él. Los animales pueden gustar más o menos (compadezco a aquellos que sienten asco o miedo, tanto o más que a los incapaces de sentir nada), pero para llegar a comprender su nobleza, su lealtad y su entrega incondicional, para llegar a amarlos más que a las personas y para darse cuenta de que son mil veces mejores que cualquier mierdaintegrante de la raza humana, hace falta tener uno, compartir la vida con él.
Don llegó hace catorce años a casa. Catorce, nada menos, que se dice pronto. Algún hijoputa lo abandonó de cachorro, a su suerte, en la calle. Probablemente ese hijoputa se lo regaló por Navidad a su pequeño hijoputa junior y al darse cuenta de que crecía, comía, enfermaba, meaba y se cagaba, decidieron deshacerse de él, lo cual no viene a constituir si no otra prueba irrefutable, de la miseria que caracteriza a nuestra propia especie. De la calle lo recogió, provisionalmente, una familia que ya tenía cinco perros más, con la idea de hacerse cargo de él durante unas semanas, hasta encontrarle un nuevo dueño. Pero no le encontraron dueño (dueña, en éste caso), si no compañera. Y es que a las cosas hay que llamarlas por su nombre.
Ya el primer día de llegar, el muy mamoncete me echó un pulso. Y lo ganó. Vino como alma que lleva el demonio, imponiendo, ladrando, mordiendo, corriendo desenfrenado, arramblando con todo lo que pillaba. Yo estaba sola con él y me acojoné tanto que acabé encerrándome en la terraza, con un frío del carajo. Y no me atreví a entrar de nuevo, ya en estado de semicongelación, hasta casi una hora más tarde, cuando lo ví tumbado tan campante en el suelo y me encontré con que me había dejao la casa hecha un cristo. En ese instante nos miramos y Don supo que se había ganao mi respeto. Al día siguiente, antes de darme tiempo a despertar, me montó una movida similar. Tragándome el miedo como pude, le planté cara y fué entonces cuando al volver a mirarnos, yo supe que me había ganado el suyo.
De ahí, p´alante, catorce años de convivencia dan para mucho. Nunca conoció hembra, aunque sí tuvo escarceos con algún que otro macho. Era un perro gay, pijo, insociable y cabrón como él solo, era un perro Ilustrado con orejas Luis XIV. Solo tuvo un amor: Peter, un salchicha cachondísimo que se escapaba de casa para venir a buscarlo todos los días. Se instalaba debajo del balcón cual Romeo, ladraba y no paraba hasta que Don se asomaba, momento en el que procedía a revolcarse por el suelo, rollo croqueta, a modo de celebración. El día que se llevaron a Peter a vivir Diox sabe donde, Don se pilló una depresión de caballo.
La única hembra que consiguió despertarle los instintos fue la "Suerte", una caniche asturiana, más fea que picio, que siempre estaba en celo cuando nos llevábamos a Don a Podes. La de veces que el muy jodío me ha tenido buscándolo monte arriba y monte abajo, con los pastores cagándose en mis muertos.
- ¡Pero bueno, guaja!¡Escapósete otra vez el perro de los huevos! ¡Anda vete pa casa Rogelio, que lo ví metese allí y como lo pille en el corral con los pitos va a dale dos perdigonazos!
- ¡Pues que guarde a la Suerte, cojones! ¡Todos los días igual! ¿A quien se le ocurre dejarla suelta con el celo?
- La Suerte está en su territorio, coño. Y el tuyo ye el extranjeru. O lo cuides tú, o acabará mal, no se te olvide lo que te digo, chavalina.
Pero nunca tiraron de escopeta. Incluso una vez trinqué a Rogelio, con su habitual cara de mala ostia, dándole de comer y diciéndole "mira que yes guapín, cago en tu puta estampa".
Y es que aunque Don era urbanita, el colega se adaptaba a cualquier ambiente con una soltura de flipar. Como cuando los vecinos nos lo pedían para llevárselo de pesca en verano, sentao todo tieso en la lancha, en plan mascarón de proa y el tío aguantaba las 5 ó 6 horas de rigor en alta mar como un campeón y volvía más feliz que un ocho meneando el rabo. Como cuando se tiraba en el prao del hórreo y se ponía a pacer igual que las vacas, que no veas las purgas que se hacía el tío en agosto. Como cuando pedía con insistencia que lo lleváramos a la playa de piedra y volvía de allí hecho un adefesio, sucio, mojado y sin caberle una garrapata más en el cuerpo.
Pero luego el muy maricón, se comportaba en plan "no me mires, que me rompo" en cuanto regresábamos a casa. Exigía beber del bidet agua corriente, nada de pozales. Exigía que se le secara el morro con una toalla después de saciar la sed. Exigía cepillo y secador al volver del paseo en los días lluviosos. Exigía dormir en la cama, con la cabeza en la almohada y tapado hasta las orejas (de
hecho cuando yo me independicé, empezó a dormir en la cama de mis padres, ENTRE LOS DOS, que no sé yo que vida conyugal tendrían, los pobrecicos míos). Estaba hecho un Mari-Exigencias. Y tenía una mala ostia y una chulería de aquí te espero Manuel.
Don tuvo una vida cojonuda, que ya quisieran muchas personas para sí, yo la primera. Pero las lecciones que un perro te enseña día tras día, si sabes verlas, no se pagan con nada, ni siquiera regalándole una vida de lujo como la que él tuvo. Hay deudas que nunca se pueden saldar.
En una ocasión un bóxer quiso merendárselo en mitad de la calle. Mi madre lo cogió, abrazándolo y protegiéndolo con su cuerpo. No lo soltó ni cuando el bóxer, completamente desaforado, la tiró al suelo y le agarró la yugular con su tremenda dentadura. Un par de eternos minutos después, el dueño del bicho infernal se hizo con el control de su perro y consiguió apartarlo. El público allí congregado, que no tuvo huevos a intervenir más que para gritarle insistentemente a mi madre que soltara a Don, porque caso contrario el bóxer la iba a matar, le preguntó porqué no había hecho caso y ella les contestó: "es mi perro, vosotros no podéis entenderlo".
Yo no lo presencié, solo los ví llegar a casa temblorosos, llorando y ensangrentados. Pero mi madre aún traía esa mirada en los ojos. Esa mirada que, orgullosa y altiva, decía "antes muerta que dejar que le hagas daño, cabrón".
Pero ayer ya no pudo hacer nada por tí. Nadie pudo. La vejez no tiene cura, ni remedio que la alivie. Y tú ya habías vivido todo lo que podías vivir.
Llevabas un año algo sordo, reumático y con la próstata hecha una mierda. Estabas cansado, dormías demasiado y éramos conscientes de que cualquier día podías no despertar. Habría dado cualquier cosa porque te hubieras ido así, durmiendo, pasando de un sueño temporal a otro definitivo. Perdí la cuenta de las veces que recé a los dioses en los que no creo, para no tener que verme en la situación de decidir si te poníamos esa maldita inyección. Pero no pudo ser.
Cuando ayer por la tarde me llamaron para avisarme de que te había dado ese yuyu epiléptico, supe que nuestro tiempo juntos había terminado. No me aferré en ningún momento a las escasas esperanzas que nos dió el veterinario. Yo ya lo sabía, igual que tú. Merecías descansar. Merecías no sufrir ni un minuto. Y sé que aguantaste lo suficiente para darme tiempo a llegar al quirófano, a despedirme, a cogerte de la pata y acariciarte el pelo mientras te dormían para siempre. Al final, la decisión no fue difícil. Lo difícil es seguir ahora sin tí.
Adiós, AMIGO.







1 comentarios:
Sólo he tenido perro en casa durante 2 años; un york shire que era de un compañero de piso.
Sin embargo, no creas que en los últimos meses no le he dado vueltas al asunto.. perro, gato.. pero no se... creo que aun no es el momento.
Un día, pasaré por casa de mis primos que tienen muchos y me pondrán un gatito recien nacido en las manos... será mi perdición, seguro!
Salud!
Publicar un comentario en la entrada